Miguel Nasisi: «Barro, selva y resistencia. Crónica de un cruce andino inolvidable»

He realizado más de veinte travesías de montaña. Varias cumbres. Incluso tuve la oportunidad de llegar al Campo Base del Everest, a 5.436 metros sobre el nivel del mar. Sin embargo, casi contando 70 calendarios en el haber, pocas experiencias me resultaron tan exigentes como el cruce andino desde el Paso del León hasta Cochamó, atravesando la selva patagónica.

El mapa parece claro. La realidad no tanto.

Desde el inicio, la selva Valdiviana impone condiciones. Cuando uno dice “selva”, no es una metáfora: es vegetación cerrada, humedad constante, senderos que desaparecen, barro que se adhiere al calzado como si quisiera quedarse con uno. Arrayanes, coihues, alerces, helechos y lianas forman un entramado vivo que deslumbra y, al mismo tiempo, exige atención permanente.

A diferencia de otras montañas donde la altura es el gran desafío, aquí el enemigo silencioso es el desnivel acumulado. Subir y bajar sin descanso. Metros y metros que se suman en silencio. Pero lo más hostil fueron las “cárcavas”: desagües naturales formados por las lluvias que se transforman en profundas zanjas de barro y fango permanente. Avanzar allí implica trepar paredes empinadas y resbalosas, hundiendo el pie hasta el tobillo, buscando equilibrio en cada paso.

Alguna jornada la lluvia fue compañera persistente. Llegó un momento en que ya no quedaba ropa seca de recambio. Las jornadas se extendían entre seis y ocho horas continuas de marcha. El cuerpo se adapta; la mente también.

Como suele ocurrir en la montaña, los imprevistos no tardaron en aparecer. Una compañera sufrió un accidente y debimos reducir el ritmo. Caminamos más de seis horas en plena noche, en ese terreno complejo y húmedo, sabiendo que la única opción era avanzar con prudencia y solidaridad. En ese punto, la travesía dejó de ser individual: se volvió colectiva.

Hubo campamentos bajo la lluvia y una noche en refugio que, dadas las circunstancias, se sintió como un hotel cinco estrellas.

El entrenamiento previo fue determinante. Meses de preparación física permitieron sostener el esfuerzo cuando el terreno y el clima apretaron. En la montaña no hay improvisación que alcance.

Al final, uno comprende algo que se repite en cada experiencia, ya sea en el Himalaya o en la Patagonia profunda: la montaña no se conquista. Se transita con respeto. Se aprende de ella. Y se vuelve distinto.

Este cruce andino no fue solo un recorrido geográfico. Fue una prueba de resistencia, trabajo en equipo y adaptación. Y, como ocurre con las experiencias verdaderas, dejó más enseñanzas que fotografías.

Tal vez la mayor lección no esté en los kilómetros recorridos ni en el barro acumulado en las botas. Está en descubrir que, cuando el entorno se vuelve adverso y las certezas desaparecen, lo que realmente sostiene el paso es la decisión interior de continuar. La montaña desnuda lo superfluo y deja lo esencial: la humildad frente a la naturaleza, la confianza en el compañero y la certeza de que cada límite que creemos definitivo puede, con esfuerzo y serenidad, correrse un poco más.